
Uno siempre se imagina que una buena comida se come en un gran restaurante. ¿Qué es un gran Restaurante para muchos, nosotros los peruanos?, Un lugar con mucha presencia, que desde la entrada cautive con un gran estacionamiento y un buen servicio, que tenga un ambiente muy bien ventilado y espacioso, y no olvidar de un Bar muy variado.
Pues déjeme decirle que no siempre es así, a veces la majestuosidad del ambiente de un restaurante no siempre asegura un buen sabor. Y precisamente esto fue lo que me pasó a mí. Yo siempre he tenido la posibilidad de ir a grandes restaurantes como “La Mar”, “Pescados Capitales”, “El Italiano”, “Puerto Máncora”, “El Hornero” y muchos otros lugares muy buenos pero a la vez muy caros. Gracias a Dios en los lugares que he mencionado no me he llevado esta gran sorpresa de, hermoso por fuera pero feo por dentro. Pero estoy segura que las hay.

Hoy tuve la posibilidad de conocer un famoso huarique, para especificar mejor un Huarique Arequipeño, y aunque les confieso no fui por puro gusto mío sino por el gusto de mi padre, quien siempre dice que en esos lugares es donde se come mejor, acepte y puse en marcha la curiosidad que me había entrado por probar un platillo hecho en ese lugar. Fue así que llegamos a las enredadas calles de Surquillo, donde me sorprendía cada minuto que avanzábamos en el auto, pues solo veía casas modestas, carretas, ambulantes y muchas personas a las afueras de sus viviendas.
De la Universidad, en donde me recogió mi padre, hasta el huarique nos demoramos 12 minutos. Nos detuvimos en la entrada de un callejón, donde según mi padre era el lugar que buscábamos. Me sorprendí mucho pues no creía que en un callejón se iba a encontrar un buen lugar para comer a gusto. Pero al estar ya adentro me di cuenta que me había equivocado. Un ambiente sencillo, hogareño pero acogedor, unas mesas muy rústicas pero cómodas, una gran rokola que corroboraba la gran cantidad de años, exactamente 50, que nos informo uno de los señores que atendía.

“Rinconcito de Tiabaya” se llama este huarique arequipeño, y que es un legado familiar, pues como ya mencione antes tiene varios años de existencia. De entrada un –Rocoto Relleno- acompañado de una chicha de jora - que no esta de mas decirlo diferente a las otras, ya que su color no era amarillo oscuro como las demás, sino era morado-, mi padre se pidió un solterito, de acuerdo con las circunstancias. El plato de fondo, la cual compartimos los dos porque con la entrada parecía suficiente, era una “Malaya”, la cual devoramos en solo unos instantes.
El sabor era único e exquisito, muy aparte del gran servicio que se brind

a y sobre todo a un muy buen precio. Definitivamente tengo que reconocer que me equivoque con respecto a estos lugares, que pueden estar muy escondidos y escasos de publicidad y propagandas, y que derrepente nunca puedan competir c
on reconocidos restaurantes de Lima, pero que conservan un público fiel gracias a su extraordinaria sazón en sus platillos.